Fer y Ceci (II) “Nunca me habían cogido así, mi amor...”

Aquí va la segunda entrega de la experiencia vital y cornuda de Fernado, ya para todos Fer (el marido cornudo) y Ceci, la esposa reiventada.

Advierto, he recibido algún comentario y correo en el que me indican que este testimonio no es creíble. La verdad es que lo argumentan de manera correcta y les entiendo. Obviamente no puedo verificar todas las experiencias que me llegan, mea culpa, y siempre que veo alguna fantasía mental que no real, lo advierto.

En este caso, me fío de Fer. Es posible que exagere un poco y añada literatura o metáforas que pueden inducir a la sospecha pero creo que su narración es buena y de interés para  muchos lectores y lectoras.

Una cosa más. A muchos cornudos como Fer, les pone que el amigo corneador sea un tipo resolutivo, primario y dominante. Lo respeto. Pero quiero dejar claro que entre el blanco y el negro, en una escala de corneadores, hay una amplia escala de grises en la que cada pareja encontrará su tipo ideal.

Disfrutar del relato y gracias a Fer y Ceci por confiar en este humilde blog.



Segundo Encuentro.
Comencé a masturbarme mientras veía maravillado a mi esposa: arrodillada, sumisa, totalmente entregada y a merced de ese tipo

A los pocos días Ceci me dijo que quería volver al club para reencontrarse con su amante. Había sido el mejor sexo de su vida, dijo, y quería repetirlo. Me sorprendió porque no había hablado una palabra del tema luego de aquella noche, por más que yo me moría por saber qué había sentido y sobre todo si fantaseaba con lo sucedido. Pero como su plan me calentaba mucho, la ayudé a prepararse.

Resolvimos que tenía que estar lo más sexy posible. Fue a peinarse, depilarse y pintarse las uñas al salón de belleza mientras yo preparaba la ropa: pantalones de cuero negro, sandalias taco stiletto, una tanga minúscula con un anillo atrás, un corpiño traslúcido que apenas podía contener sus pechos y un top bastante apretado. Cuando el viernes por la noche salimos para el club, luego de dejar a los niños con mi suegra, realmente estaba espléndida; de algún modo tortuoso me excitaba aún más que jamás se hubiera producido así para mí.

Al poco tiempo de llegar apareció el tipo. Quise ir a hablarle, pero Ceci me detuvo. Me dejó solo, sentado en la barra; atravesó la pista de baile con una sensualidad pasmosa (yo no reconocía a mi esposa) y se fue a conversar con él. Me moría de intriga pero todo parecía ir bien, porque al poco tiempo se reían y el tipo incluso la besaba en la boca. Ceci vino a decirme que nos íbamos los tres para casa. Por un lado me sorprendía que ni me preguntase si estaba de acuerdo; por el otro, para qué negarlo, me excitaba muchísimo. El tipo, me dijo, se llamaba Juan. Salimos y tomamos un taxi. Juan la llevaba de la mano. Ceci estaba algo inquieta pero también expectante, y él se daba cuenta y le hacía bromas, le acariciaba los hombros y la besaba como si yo no estuviera con ellos. A mí ni me dirigía la palabra.

Llegamos. Un poco nerviosa todavía, porque nunca había llevado a nadie así a casa, Ceci le ofreció un trago. Juan ni contestó. La tomó de la cabeza y la besó. Ella respondió de inmediato. Fui a buscar unos tragos y cuando volví seguían besándose: Juan le manoseaba la cola mientras ella jadeaba retorciéndose como una gata en celo. Era como si yo no estuviera. La arrinconó contra la pared, le sacó el top y bruscamente le arrancó del golpe el corpiño. Loca de excitación, Ceci lo miraba fascinada. Él le lamió un poco los pezones, que estaban erectos como una roca y luego, como en el club, la arrodilló delante suyo: le pasó la gruesa pija por toda la cara y luego se la hizo comer. Ceci mamaba desesperada, gimiendo de vez en cuando, con lo cual a él se le paraba cada vez más. Le lamía las bolas y luego volvía a comerlo: con las dos manos lo agarraba de la cola, atrayéndolo hacia ella, como si quisiera tragarse hasta el último milímetro de esa pija tan gruesa.



Yo no aguantaba más. Comencé a masturbarme mientras veía maravillado a mi esposa: arrodillada, sumisa, totalmente entregada y a merced de ese tipo. Juan la paró, la agarró del cuello y le dijo: “Te voy a culear”. A mí jamás me había dejado probar por atrás. “Haceme lo que quieras, amor”, contestó. Juan le sacó el pantalón y la tanga y la colocó en cuatro patas sobre nuestro sofá. Por primera vez ella me miró mientras yo me masturbaba frenéticamente y él se desvestía. Ceci bajó la cabeza y levantó la cola, entregándose. Juan la toqueteó un poco mientras ella se mojaba y gemía y levantaba más el culo. Era una perra en celo. Pensé que Juan iba a lubricarla más, pero no: comenzó a penetrar el ano de a poco, mientras ella jadeaba cada vez más fuerte, como si le costara respirar. “Me duele, Fer…”, escuché que decía; pero el tipo no se detenía y la agarraba fuerte de las nalgas. “Me duel…”, repitió, y Juan le pegó en la cola. "Callate". Imperturbable, forzaba su pija cada vez más adentro mientras ella gemía suavemente, toda sudada, con la cola roja donde le había pegado. Se resistía todavía un poco, pero Juan no cejaba.

De repente la tomó del cuello, y mientras le pegaba de nuevo en la cola, bastante más fuerte esta vez, se la metió de golpe hasta el fondo. Ceci gritó de dolor y a la vez de placer. Juan la atacaba cada vez más fuerte. “¿De quién sos, puta?”, preguntó, y le pegó de nuevo. “¡Tuya, tuya!”, gritaba ella. Ya no se resistía y me miraba de reojo mientras trataba de sincronizarse con la arremetida para que no le doliera tanto. Yo no podía resistir esa visión del semental montándose a mi esposa como a una perra, haciéndola aullar de placer, y pronto acabé. Juan me miró: “Ahora le lleno el culo de leche”. Aceleró los embates y Ceci pasó de los gemidos a los gritos desesperados mientras él le seguía pegando en las nalgas y chocaba cada vez más rápido contra su culo enrojecido: “¡Sí, sí, más!”, gritó en éxtasis, mientras le tiraba su pelo hacia atrás como una yegua y ella llegaba al orgasmo al sentir el chorro caliente de leche explotando en su recto. Juan se desplomó sobre mi mujer. Ceci lo acariciaba, lo besaba y hasta creo que lloraba. Le susurraba al oído: “Nunca me habían cogido así, mi amor...”. Él la miró. Se levantó sin contestarle y comenzó a vestirse mientras ella todavía jadeaba, tirada en el sofá. Luego la besó, lamiéndole apenas los labios, y dijo en voz alta: “Me llamás la semana que viene, putita”. Y al salir me tiró la tanga de Ceci en la cara.



Tercer Encuentro. 
Juan me decía “probá, cornudo: eso es verdadera leche de macho” mientras mi esposa me besaba después de ser lefada y yo me tragaba voluntariamente todo

Habíamos abierto la caja de Pandora. Ceci sólo pensaba en su amante y seguíamos teniendo sexo ocasionalmente, pero lo que realmente nos disparaba ahora era hablar de Juan, pensar en Juan, fantasear con Juan. A la vez tuve que reconocer que la cosa tenía su ventaja: Ceci se sentía evidentemente más deseada y atractiva, se arreglaba más y emanaba una seguridad que jamás le había visto. Eso la volvía mucho más sexy. Luego de masturbarme contándome cómo fantaseaba con Juan, me dijo una noche que quería que saliéramos a comer con él. Me puse incómodo, por un lado, porque esperaba que la cosa fuera sólo sexual, y por el otro porque el tipo ni me dirigía la palabra cuando nos encontrábamos.

Pero el vértigo nos hechizaba y nos preparamos. El encuentro sería el jueves por la noche. Ella se esmeró para entregarse a su nuevo macho: una camisa blanca apretada, que insinuaba a todas luces sus pechos, una apretada pollera tubo gris, sandalias rojas de taco alto y debajo, me dijo, nada. La mezcla de timidez y sensualidad era irresistible. Pero los dos sabíamos que no era por mí.

Llegó el jueves. Luego de observar en casa durante una hora agónica pero deliciosa cómo Ceci se vestía, peinaba y maquillaba para Juan, a las diez de la noche llegamos al bar. En la penumbra Juan nos esperaba en una mesa. La recibió a ella con un beso corto en la boca, y sentó a Ceci entre ambos. Pedimos unos tragos, hablando del clima y de cualquier trivialidad, tratando de disipar el resabio de incomodidad que provocaba aquella situación extraña. Juan la hacía hablar y apenas me miraba; de vez en cuando le daba sorbos del trago, la besaba en la boca y le decía lo linda que estaba. Como siempre yo languidecía sin saber qué hacer, entre humillado y excitado. En un momento Juan alabó la camisa de Ceci y con un dedo le rozó deliberadamente un pecho. Ceci estaba un poco nerviosa todavía. A los pocos minutos él bajó la mano debajo de la mesa y comenzó a acariciarle un muslo. Ceci dio un saltito y lo miró con cara picaresca pero, naturalmente, no hizo nada para detenerlo. Sólo entonces Juan comenzó a hablarme a mí, mientras acariciaba el muslo de mi esposa, que comenzaba a agitarse. Con una sonrisa medio irritante, medio condescendiente, me hablaba de fútbol o de política mientras manoseaba a mi mujer. Yo no entendía lo que me decía. Sin parar de hablar, con toda la tranquilidad del mundo, poco a poco subió la mano por el tajo de la pollera hasta el clítoris y empezó a masajearla. Con los ojos casi cerrados, Ceci se mordía los labios, jadeaba y apenas podía contener los gemidos: “Ay, Dios, no aguanto, Fer, no puedo más…”, murmuró; hasta que se dejó llevar por ese toque experto, tiró la cabeza hacia atrás y explotó en un gemido ronco mientras el tipo la tocaba descaradamente y yo me volvía loco. La gente de la mesa de al lado se dio vuelta para ver qué pasaba. Mientras yo sonreía para tranquilizarlos, totalmente turbado, Juan sacó la mano y le dio a probar a Ceci su dedo mojado. Ella lo lamió y hasta creo que lo saboreó. El tipo había transformado a mi mujer en una terrible puta.


Ceci se levantó y nos agarró a los dos de la mano. Por el camino me soltó, pero nos condujo al fondo y nos metimos los tres en el baño. Trancó la puerta y, sin decir una palabra, con una sonrisa adorable, nos bajó los pantalones y se arrodilló. Yo ya estaba totalmente erecto, así que se concentró en Juan. Su pija en reposo era más grande que la mía. Ella comenzó a comérsela entera, acariciándole los huevos con la mano mientras él le agarraba la cabeza impulsándola adentro y afuera, hasta que su verga se levantó y alcanzó todo su esplendor. Mi pene hacía un triste papel al lado de esa cosa tiesa, dura, imponente. Ceci seguía devorando a su amante y de vez en cuando me daba unas lamidas rápidas. Juan me miraba sonriendo y me daba vueltas la cabeza. Con los dos ya bien erectos, Ceci comenzó a alternar un poco y nos la mamaba un rato a cada uno. Estaba radiante, liberada, totalmente desinhibida, tragándose dos vergas como si fuera la cosa más natural del mundo. “Qué bien que se la come tu mujer, eh”, dijo Juan: “Dale, putita, ¡comé, comé!”. Ceci obedecía acelerando la mamada y masturbándonos con una mano a cada uno. La combinación del placer oral con la sensación exquisita de ver a mi esposa lamiendo la pija del semental me aflojaba las piernas. Ceci empezó a gemir, evidentemente gozando tanto como nosotros, y no pude contenerme más y acabé en su espalda y en su cuello, y Ceci se concentró con todo gusto en la cabeza palpitante del pene de Juan. El tipo la agarraba del pelo y se la metía hasta la garganta, mientras yo a duras penas me apoyaba en la pared, y de repente gritó “comela toda, perra”, sacó el pene y le acabó en la cara a mi mujer, que abría la boca tratando de no dejar caer ni una gota de ese chorrazo de leche. Luego ella lo limpió con todo cuidado, saboreandolo, lamiendo su verga enorme hasta la última gota, se paró, me miró y me besó pasándome toda la leche de Juan. Yo no lo podía creer. Ceci me lamía la oreja, Juan me decía “probá, cornudo: eso es verdadera leche de macho” y yo me tragaba voluntariamente todo. Cuando abrí los ojos Juan se arreglaba el pantalón, la besaba de nuevo y nos dijo que la semana que viene quería vernos otra vez.

Mientras lo miramos alejarse por el pasillo, creo que yo estaba más excitado que ella.

CONTINUARÁ...


Fer y Ceci (I) Aquel desconocido me dijo: “Mirá cómo le doy de comer a tu mujer” yo, inmóvil, no salía de mi asombro y lo disfrutaba más que ella

Una pareja argentina me ha enviado su primera experiencia en un local swinger y su bautizo blanco como cornudo consentidor. Lo cuenta Fernando, el marido. Una vez verificado el contenido y las imágenes aquí va su publicación.
Una llamada de atención para esos maridos que se rompen el coco dando vueltas a cuándo y cómo se lo plantean a sus esposas: diálogo, ver videos del tema y, claro, siempre ayuda visitar en pareja este humilde blog.
Disfrutar de la experiencia de estos amigos.



Somos Fernando y Cecilia, matrimonio argentino en los 40s. Ceci es morocha, de altura media tirando a alta; tiene unas piernas largas, cierta pancita y unos pechos grandes que en la calle suelen atraer miradas de los extraños. Dominante en la vida cotidiana le excita mucho ser sumisa en el sexo, la atraen ocasionalmente las mujeres y tiene un marcado fetiche con los hombres mayores iniciando jovencitas. Como desde hace un tiempo tengo la recurrente fantasía de ser cornudo venía “preparando el asunto” mirando juntos videos de DP, cuckold, gangbang y todas esas guarradas. Cuando podía, sacaba indirectamente el tema; ella sólo lo aceptaba como fantasía compartida y sostenía que no quería pasar a los hechos, pero fui notando que el tema la atraía cada vez más.

Finalmente, hace pocos días, alguien de la familia nos sorprendió diciendo que podían cuidar una noche a los niños. Por fin podíamos disfrutar de una noche libre. Le anuncié que quería salir a un club swinger (solo a mirar, por supuesto) y pasar la noche en un hotel. Pensé que iba a tirarme algo por la cabeza, pero aceptó. Tuvimos dos veces sexo en el hotel y llegó la hora de prepararnos para salir. Se encerró en el baño y luego de un buen rato salió. Jamás la había visto tan sexy: una blusa suelta, minifalda negra de cuero, el pelo recogido en una colita, las uñas de manos y pies pintadas de negro y sandalias de taco muy alto que realzaba su cola. Debajo, me mostró la tanga estilo “hilo dental” que le había regalado para la ocasión…

En el club nos sentamos cerca de la barra y tomamos un par de tragos mientras iba llegando la gente y comentábamos los personajes que aparecían: las parejas, mucho más atractivas de lo que nos habíamos imaginado, y los depredadores, que rondaban solos, unos algo sórdidos y otros más atractivos. Al principio Ceci estaba pudorosa: no se animaba ni siquiera a levantar la vista y me miraba sólo a mí. Poco a poco, con la atmósfera, los tragos y el show erótico de los strippers se fue “aclimatando”. Todavía evitaba la mirada de los hombres y las parejas que pasaban y me decía que si alguien venía a hablarnos se moriría de vergüenza. Me confesó entre risas que cuando yo había ido al baño una mujer se le había acercado a charlar y ella la había espantado. Nos besamos bastante y noté que no le molestaba que la tomara abiertamente del culo en medio de tanta gente.



Luego del show comenzó la música. Compramos unos tragos más y salimos a la pista, todo el mundo se animaba. A mí no me gusta bailar (menos los ritmos latinos) pero a ella sí y sobre todo le fascina el reggaeton. Yo me movía como podía, sintiéndome un robot y ella se animaba a bailar cada vez más. No conocíamos los “códigos” del lugar pero era evidente que algo pasaba con las miradas, con la gente que pasaba rozándonos o se ponía a bailar al lado. De a ratos Ceci me decía que alguien la rozaba y pasaba de largo. Le daba mucha vergüenza pero seguía bailando. Yo me fui cansando de bailar y me quedaba parado en mi lugar, moviendo apenas los brazos, ella bailaba entusiasmada.

Al rato me di cuenta que bailaba al lado de mi esposa un tipo maduro, medio canoso, agradable y de buen físico. Pronto intuí que era el tipo de hombre que podía atraerle a Ceci. Sentí un poco de envidia y me di cuenta al viéndole bailar lo torpe que yo era y la desgana que siempre he mostrado en las pistas de baile y más en esa ocasión en la que era un pasmarote en el centro de la pista. Ceci seguía bailando y el tipo nos rondaba de a ratos como una especie de tercero en la pareja y de a ratos casi interponiéndose entre nosotros. En un momento me miró y no supe qué hacer, salvo sonreír estúpidamente. La cosa es que siguió acercándose y como Ceci no lo rechazó ni yo hice nada para impedirlo, comenzaron poco a poco a bailar entre ellos más que ella conmigo.

Primero se rozaban y luego se acercaban más y más. Ceci, de espaldas, comenzó a hacer el “perreo” rozándose cada vez más, ambos subiendo y bajando sincronizados, como si se conocieran de siempre y ella apoyándose de espaldas en su cuerpo.


Yo ya era el tercero. El tipo no dejaba de mirarme no sé si con la intención de pedir mi consentimiento o simplemente de situarme en mi sitio de manera humillante. No sé paró y el tipo comenzó a acariciar a mi esposa mientras bailaban, primero en los hombros, luego en la cintura… Todo de forma sutil como si formara parte del baile pero estaba claro que no era así. Ceci se contoneaba y se movía cada vez más. Estaba hermosa, desinhibida, y parecía haber perdido cualquier pudor. Me dio un poco de celos comprobar esa sintonía entre ellos, pero a la vez no podía dejar de mirarlos.

De repente, todavía bailando de espaldas al tipo, Ceci tiró la cabeza hacia atrás y se apoyó más, mientras él la acariciaba cada vez más explícitamente y le hundía su cara en el pelo. La visión era magnética: Ceci lucía fantástica, suelta, libre, moviéndose súper sexy al ritmo de la música sobre esos tacos altísimos y se completaba a la perfección con ese fulano al que jamás habíamos visto.

De repente él la tomó de la mano y me dijo “Vamos a dar una vuelta”. No me salió ni un solo gesto. Ceci me tomó a su vez de la mano y nos dejamos llevar. Ella volteó para atrás para mirarme apenas un instante. Estaba radiante. El tipo nos llevó por un pasillo y, sorteando un guardia, entramos a una sala con luz todavía más oscura. El corazón me latía a mil por hora. Era lo que había venido a ver: en la penumbra de las luces de color, tratando de no pisar a nadie, atisbaba al pasar auténticas escenas explícitas de porno mientras el tipo nos llevaba a los sillones de una de las esquinas más alejada.

Me sentó en un sillón como si fuera un niño y la paró a Ceci, que todavía me agarraba la mano, y la puso mirando contra la pared. Creo que ella no esperaba algo tan abrupto: mientras él comenzaba a apoyarse sobre ella, frotándose, acariciándola, manoseando su cuerpo, haciéndole sentir su erección, ella me apretaba nerviosa la mano. Yo no lo podía creer lo que veía. Con la mano izquierda él le giró la cabeza hacia atrás y la besó, y luego le metió la mano izquierda por debajo de la blusa, acariciándole los pechos, mientras que con la derecha le acariciaba el costado de las piernas y se restregaba contra ella. Ceci dijo “no… no”, pero apenas estaba susurrando y el tipo siguió.



Yo estaba como loco. Mientras ella seguía resistiéndose un poco el tipo le mordió la parte de atrás del cuello y ahí Ceci no pudo resistir. Ya era suya. Haría con ella lo que quisiera. Me soltó la mano y se entregó por completo mientras el tipo le metía la mano alevosamente debajo de la falta y la tocaba. El tipo sacó el corpiño y me lo tiró en mi cara, mientras ella se dejaba manosear como si yo no estuviera ahí: de espaldas, entregada, retorciéndose de placer, dominada por ese tipo con el que no había intercambiado ni dos palabras. De repente él la dio vuelta, contra la pared, y la puso en cuclillas. Ceci ni me miraba. El tipo sacó una pija imponente, bastante más gruesa que larga, totalmente erecta, y se la pasó por la cara a mi esposa, por todos lados menos por la boca, para volverla loca. Ceci miraba suplicante hacia arriba. El tipo me miró y dijo: “Mirá cómo le doy de comer a tu mujer”. Y se la metió en la boca. Ceci le acariciaba los huevos con una mano y con la otra empujaba a su macho cada vez más adentro. Estaba desatada. Lo devoraba y se esmeraba por complacerlo desplegando todas las armas: pausando el ritmo, acelerando, tomándose el tiempo necesario para lamer bien la ingle, los huevos, el tronco del pene, para finalmente comerse la cabeza y darle a su macho el máximo placer. El tipo gemía y yo, al borde del infarto, gozaba mirándolos. Jamás estuve tan excitado.

El tipo la levantó de la colita del pelo y la tiró bruscamente en cuatro patas sobre el mismo sillón donde yo estaba sentado, casi encima mío. Apenas intercambiamos una mirada fugaz mientras Ceci se agarró con una mano del respaldo y con la otra de mi pecho, sabiendo lo que venía, mientras él le subía la minifalda, le corría la tanga, con una mano la tomaba del pelo tirándole la cabeza hacia atrás y con la otra la tomaba del culo.

Ceci me dijo “Fernand…” mientras el tipo la penetró de golpe y luego comenzaba a bombear lentamente. Ella decía “no, no… n…” pero era evidente que estaba gozando como una loca. El tipo sabía bien lo que hacía: comenzó a bombear con calma, despacio, acelerando progresivamente, mientras Ceci se soltaba por completo y pese a la gente que había alrededor no podía contener los gemidos y me agarraba cada vez más fuerte la mano. Desbocada, jadeante, ahora la veía a mi esposa gritando “¡sí, sí, más!” mientras su macho la montaba como una puta y aceleraba los embates tirándole el pelo hacia atrás para que yo pudiera apreciar bien la cara de éxtasis de mi mujer. El tipo era realmente una máquina. Ceci gemía y de a ratos murmuraba “ay, Dios, la tenés dura… tan dura”. Yo jamás hubiera podido montarla así, con esa maestría, esa resistencia, esa intensidad. Ceci se retorcía y gritaba, arqueándose de placer, mientras el tipo le daba cada vez más duro y le pegaba en la cola. “¿Te gusta?”, me decía. Yo asentía, hipnotizado. Disfrutaba la forma en que un verdadero macho alfa satisfacía a mi esposa mil veces mejor de lo que yo podría hacer jamás, y afloraba la puta que ella tenía adentro. El tipo aceleraba cada vez más, y Ceci se retorcía de placer y me decía “¡lo siento adentro, tan adentro!”. El tipo bombeaba como un salvaje y se oían sus huevos pegando en la cola de mi mujer, hasta que le tiró la cabeza del pelo bien atrás, como si frenara un caballo, e hizo que ella me mirase mientras gemía “¡Acábame adentro! ¡lléname de leche!” y recibía la carga gritando “¡sí, sí, sí!” y su macho daba los últimos asaltos a ese culo maltratado, mientras ella acababa temblando con los ojos cerrados.


El tipo se levantó, con la pija todavía dura, toda mojada, enorme, reluciente, agarró a mi mujer de la cabeza y se la metió en la boca: “Limpiá”. Y Ceci lo devoró, tragándose hasta la última gota de leche. Confieso que quizá me hubiera gustado ayudarla. Y luego el tipo me lanzó una mirada un poco despectiva y se fue. Mientras Ceci me miraba arrodillada, preciosa, jadeante, llena de leche de su macho, pensé que jamás me había enamorado tanto de ella.

Solo dos cosas. El corneador, la verdad, iba un poco sobrado. Tampoco hay que ir tan sobrado, hay otras formas de marcar autoridad. Y una recomendación para Fernando, seguro que a la próxima bajas al pilón, elige el momento y no decepciones ni a tu esposa ni al corneador de turno, preparate.
AT.

C. y V. (II) la entrevista. Carlos: "pasaron unos segundos interminables hasta que agarré el rabo engomado del corneador para dirigirlo al coño de mi esposa, lo tenía tan abierto y mojado que entró con absoluta suavidad"

Hace unas semanas publiqué la primera entrada de Carlos y V. Ilustrada con unas fotos de ella en plena actitud cuckold, la entrada nos narraba el primer encuentro que tuvieron. Tenía pendiente la entrevista para saber más detalles de ese momento y para que nos comentaran, en primera persona, sus inicios y sus pareceres sobre los juegos cornudos.
Las fotos que ilustran la entrevistan las protagonizan esta pareja en unos de sus momentos íntimos en los que rememoran sus aventuras fuera del dormitorio marital. Agradezco su dedicatoria por lo que se refiere a mí y por todos vosotros, mis queridas lectoras y lectores, ya que certifican la veracidad de sus testimonios. Por cierto, V. muchas gracias por seguir mis indicaciones y hacer la señal de cuernos a Carlos, en tu mano esa señal queda aún más bella. Sin más preámbulos.


Alberto Toro.- Carlos y V. se presentan como una pareja normal, con sus trabajos diarios, obligaciones familiares que viven el día a día como cualquier otra pareja “normal”. Rondan los cuarenta tacos y mantienen una vida sexual activa (yo digo que más que activa) desde el primer día que se conocieron.

Tienen afición a descubrir prácticas sexuales nuevas que amplíen su vida sexual. Me comentan que en los últimos años han tocado muchos palos en sus polvos, desde la sumisión-dominación, tríos, juegos swingers, exhibicionismo (muestra de ello es aquel paseo veraniego por Mojácar, doy fe), castidad forzada, BDSM, entre otras muchas. Y claro, también una relación cuckold en la que se encontraron sin buscarla pero que hoy forma parte de su vida sexual, de manera real y según me confiesan de manera muy placentera. Que tomen nota esas parejas que agotan sus juegos y condenan su relación sexual al aburrimiento y la inevitable desgana.

Carlos y V. llevan ya unas cuantas aventuras pero como ellos dicen, la mejor está aún por llegar y seguro que la contarán aquí pero de momento nos vamos a centrar en su primera vez. Atención a lo que nos dice V., la esposa, “Nos gusta mucho el sexo y lo disfrutamos al máximo, estos juegos cuckold nos han unido mucho pero hemos podido llevarlos a la práctica por nuestra complicidad y unión”. 


Alberto Toro.- Me habéis dicho que desde vuestros inicios como pareja tenéis una activa vida sexual. Todas las parejas en sus inicios suelen tener esa gran actividad sexual, bien, pero en qué momento de vuestra relación pasáis a otra pantalla en la que el sexo no es tan convencional y no se limita a la pareja.
Carlos.- Nuestra vida sexual nunca ha sido convencional. Cuando nos conocimos los dos sabíamos que no queríamos una relación vainilla clásica y buscamos, seguimos buscando, todas las opciones que nos puedan dar placer. Al poco tiempo de conocernos habíamos hecho nuestro primer trio MHM y unos meses después acudimos a nuestro primer lugar swinger donde hicimos el primer trío HMH.

AT.- Pero quién tomó la iniciativa y qué papel jugó tu esposa (V.) en el proceso.
C.- Como la mayoría de las parejas con las que hemos estado hablando, la iniciativa surgió del hombre. Aunque es verdad que V. siempre ha sido muy abierta y no puso muchas objeciones… (Carlos sonríe y V también lo hace mientras nos lanza una mirada cómplice).

AT.- ¿V. siempre fuiste una esposa suelta y abierta? Cómo era tu vida sexual antes de conocer a Carlos.
V.- (esposa de Carlos).- Antes de conocer a Carlos era una esposa “normal”, de polvo semanal. Sin más. Aunque sabía realmente que había algo dentro de mí que estaba por descubrir. Y vaya si lo descubrí.


AT.- Cómo fue vuestra primera experiencia cuckold.
La primera vez fue en un local swinger. Antes habíamos tenido algunos encuentros con chicos pero nunca habían sido puramente cuckold. Fueron, más bien, contactos entres tres, el típico trío HMH.
Como te digo el primer día cuckold fue en un local swinger. V. eligió a su amante y te puedo decir Alberto que se lo folló como le vino en gana.
En el local había varios chavales con ganas de ella, no había más que pararse en sus miradas y en la forma de acercarse a nosotros. Ya sabes como funciona esto en los clubs de intercambios. V. eligió al que más le gustó y me mandó a por los condones a la taquilla. Sentí un escalofrío como mi esposa, de manera cariñosa pero asertiva me indicó lo de los condones delante del chaval.
Luego, durante la faena, me hizo comerle la polla y después ponerle el condón. No lo hice mal, antes V. me había instruido en la manera que tenía que agarrar el cipote del muchacho por su arranque y coronarle el cabezón con el plástico. Debo confesarte, Alberto, que en los tríos anteriores que habíamos hecho ya había practicado en engomar al tercero del trío.

AT.- Carlos, nos queda clara tu maestría a la hora de engomar el rabo del corneador y creo entender que sientes un placer especial en ese rito pero qué vino después.C.- Después se lo folló en todas las posturas posibles, mientras el resto del local (y yo mismo) miraba. Los gritos y gemidos que pegaba debían de oírse incluso fuera del local. Cada vez que le pegaba una embestida gritaba “Joder, cornudo, cómo me está follando!” O decía “esto sí que es follar, cornudo!” 

AT.- Carlos me has confesado que ese momento en el local swinger, ver como otro tipo se follaba a tu mujer, fue una de las mejores experiencias sexuales de tu vida. Cuéntanos por qué, qué sentiste, qué papel jugaste.
C.- La verdad es que es una situación que recomendaría a cualquiera que realmente quiera a su mujer. Verla disfrutar y disfrutar con ella mientras otro se la folla es algo que no se tiene todos los días. Es una sensación de haber llegado donde tantas veces has fantaseado. Que te diga lo bien que se la está follando, que alabe en tus narices las virtudes de la polla de un desconocido, ver cómo le besa o cómo le acaricia la espalda… Todo ello acompañado de la pertinente incertidumbre de no saber cómo va a salir todo. No saber cómo te vas a sentir o cómo se va a sentir ella. Si puede haber consecuencias, incluso, en la propia relación. Finalmente, como ya hemos comentado, fue todo muy bien y el placer superó con creces las dudas.

Durante la faena me hizo comerle la polla y después ponerle el condón. No lo hice mal, antes V. me había instruido en la manera que tenía que agarrar el cipote del muchacho por su arranque y coronarle el cabezón con el plástico. Debo confesarte, Alberto, que en tríos anteriores ya había practicado en el engome del tercero.

AT.- Además, lo hicistéis delante de toda la gente que estaba en el local, ¿esto os supuso un placer especial y añadido?C.- Si, la verdad es que el exhibicionismo siempre nos ha gustado. Nos encanta que nos miren mientras follamos. Esta situación no fue una excepción y todo el mundo pudo comprobar mi estado cornudo mientras follaba mi esposa.

AT.- Me comentas Carlos. que tu papel fundamental fue el de marido mirón y facilitador del encuentro. ¿Tuviste en algún momento del polvorón un papel más activo?V. antes de nuestra primera experiencia cuckold me instruyó en el procedimiento y me dejó claro que siempre debía limpiar la polla que se iba a follar, así que esto fue lo que hice. Te puedes imaginar, V. me cogió la cabeza por la coronilla y con autoridad dirigió mi boca al capullo del corneador. Sobreactué un poco mientras me negaba aunque en el fondo estaba deseando mamar, V. lo sabía y me siguió el rollo. El chaval debió de alucinar pero no tardó mucho en trempar, instante que aproveché para ponerle el condón. Ya en situación, pasaron unos segundo interminables y agarré el rabo engomado para dirigirlo al coño de V. Lo tenía tan abierto y mojado que entró con absoluta suavidad. Fue uno de los momentos que sentimos más placer, ver tan de cerca, en primer plano, el coño que más deseas, el de tu ama, penetrado por otro pollón es fantástico.


AT.- V. qué tipo de cornudo te gustaría que fuera Carlos.
V.- Me gusta que Carlos adopte el rol de cornudo que tiene como primer objetivo proporcionarme el mayor placer sexual y satisfacción. Que sea facilitador.

AT.- Qué detalle o detalles te llamó la atención V para que eligieras a aquel primer corneador. Supongo que habría otros tipos con ganas, suele ocurrir en los días abiertos a chicos en los locales swingers.
V.- Siempre es un tema de feeling, de conexión personal. En un principio había elegido a otro chico pero en cuanto se cruzó X cambié sin dudar, tenía claro que sería mi amante para esa noche. Y la verdad es que tuvimos suerte, siempre hay que tener en cuenta este factor. X no sabía que iba a desempeñar un papel de corneador, supongo que se veía ya en el típico trío HMH y la actitud de Carlos le debió sorprender pero la verdad es que actuó como un corneador experimentado.
Pero ya te digo, Alberto, como en cualquier relación en personas, la conexión es primordial.

AT.- Carlos, te has referido a tu esposa, en algún momento de la conversación, como tu ama. Explicate. ¿Es V. una esposa dominante?
C.- La relación cuckold que hemos establecido es de Ama-cornudo. Ella decide, ella manda y yo obedezco. Me trata bien, es verdad. No es una dominación humillante ni una relación de despotismo absoluto, sino que cuida la dominación para que todos nos sintamos a gusto. Los límites los pone cada uno, obviamente. 
Desde aquella relación, V. no me deja tocarle las tetas. Al principio me puso la excusa de que las tenía doloridas por cómo se las apretó el chico del local y no paró en ello pero pronto observó que ese impedimento me producía un placer especial, me lo notó. Y desde entonces emplea frases como: “estas no son para ti” o “dónde vas”. Ayer, me despiste intencionadamente y después de sobarlas un poco, V. me castigó con unos azotes. El caso es que a mí esto me calienta y me excita muchísimo. A ella también.
Con el culo (ojete) ya hace tiempo que me va advirtiendo que no es para mí, lo reserva para alguien especial (yo solo se lo he follado una vez en nuestra relación) Ahora solo puedo penetrar el coño pero sin tocar las tetas. Creo que si llega el día en que V. me prohibe su coño, también lo disfrutaré.

Alberto, como en cualquier relación en personas, la conexión es primordial.

AT.- ¿Esperas que la cosa se quede ahí?
Carlos.- Hace ya varias semanas que V. no deja que me corra. Llevo tres eyaculaciones frustradas y amenaza con que voy a estar así hasta final de año. Y ahora mientras follamos me dice que necesita un buen corneador porque yo no doy la talla, esto me excita especialmente (V. mira a Carlos y después sonríe ante mí)

V. interrumpe a Carlos y sonriendo me dice:
V.- Cuando quiero que pare de follar le digo “Carlos, cada día me follas peor” y noto como está para reventar.

AT.- Mis queridos lectores, tengo claro que Carlos se va a convertir en un cornudo consentidor de libro. Y no solo porque cumple con muchos de los procedimientos del rito cuckold pero es que también lo disfruta de una manera intensa y especial. Durante la conversación previa a la entrevista, Carlos me comenta que al residir en una ciudad pequeña en la que todos se conocen no puede desarrollar su rol de cornudo con total libertad pero que le encantaría lograr que su entorno supiese de su condición. También me dice que solo de pensar en situaciones delante de personas en las que su esposa es magreada por otro tío o como un extraño se enrolla con ella, sería un placer especial. Ahora le voy a preguntar por eso.

AT.- Carlos, cómo vives que otras personas ajenas a estas prácticas pudieran descubrir tu rol de cornudo consentidor o marido facilitador.
C.- La mirada de la gente cuando sabe que eres cornudo es algo muy difícil de describir. Los hay que te miran con incomprensión, sin entender muy bien por qué está pasando eso, otros te miran hasta con lástima, otros con aire de superioridad. Percibir esos sentimientos hacia un cornudo es altamente gratificante. Solo los maridos que estamos en el tema y disfrutamos de estos juegos al tener la complicidad de nuestras esposas podemos entender ese placer que las personas ajenas desconocen.


AT.- V. ¿tú te consideras ama de C.?
V.- Yo amo a Carlos. A partir de ahí, me considero lo que haga falta. Depende de lo que pida la situación. 

AT.- Está claro que Carlos tiene tu complicidad y lo más importante, tu amor. Desde tu posición, V., qué consejos les darías a las esposas que se niegan a estos juegos para que se animaran.V.- A mí estas prácticas me hacen sentir muy cerca de mi pareja. Además, creo que es todo un reto para un hombre “hecho y derecho” ver como su más preciado tesoro es disfrutada por otro. El único consejo, no solamente para las esposas, sino también para ellos, es que no se cierren a nada, que hablen mucho con su pareja, que expresen sus pensamientos, dudas, miedos, etc. Finalmente, deben ser decisiones de pareja, de los dos, eso debe quedar claro.
AT.- Y tus recomendaciones, Carlos.
C.- No creo que sea nadie para dar consejos sobre esto, pero lo más importante es que la pareja se sienta cómoda con lo que está haciendo. En nuestra relación pensamos que tenemos que ir siempre juntos, y eso es lo que nos permite llegar donde sea. Yo jamás forzaría ninguna situación y disfrutaría de cada “regalo” que vaya apareciendo en el camino. Cada situación que vaya apareciendo puede convertirse en la punta de lanza de una verdadera aventura sexual si se trata de la forma adecuada. 

V.- A mí estas prácticas me hacen sentir muy cerca de mi pareja. Además, creo que es todo un reto para un hombre “hecho y derecho” ver como su más preciado tesoro es disfrutada por otro.

AT.- En vuestra anterior entrada tuve el honor de publicar algunas fotos de V. en Mojácar y con la camisa cuckold. Muchos lectores me han preguntado detalles de ese día. Por favor.
C.- V. mi esposa, va siempre sin bragas, eso no fue ninguna novedad. Decidimos salir a dar una vuelta con la moto y ya podéis imaginar cómo le quedaba el culito con esa falda que llevaba. Después de visitar Mojácar estuvimos en Vera, donde mi esposa pudo exhibirse todavía más en un hotel naturista. Mucha gente no sabe lo que significa la camiseta y pasan descuidados por el lado de V., mirando más las piernas o el culo que la propia camiseta. Sin embargo, en una ocasión, un chico se nos acercó a preguntar por la camiseta. Podéis imaginar la vergüenza (y el placer) que se pasa cuando un desconocido sabe (y te dice con una media sonrisa en sus labios) que eres un cornudo.

Carlos: mucha gente no sabe lo que significa la camiseta y pasan descuidados por el lado de V., mirando más las piernas o el culo que la propia camiseta. 
AT.- V. desde tu perspectiva femenina qué valoras más en un corneador.V.- Aparte de las cosas obvias como el físico, la limpieza y el olor, para nosotros ha sido decisivo que sea respetuoso. Nos hemos encontrado con supuestos corneadores que eran maleducados o groseros. Eso nos hace descartarlos de entrada. Aunque Carlos es un cornudo, no deja de ser mi pareja y lo quiero con locura.
AT.- Y para ti, C. Qué perfil de corneador es el ideal para ti.Carlos.- El corneador ideal para mí es el corneador ideal para Ventura. No hay más.


 


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