Fer y Ceci (II) “Nunca me habían cogido así, mi amor...”

Aquí va la segunda entrega de la experiencia vital y cornuda de Fernado, ya para todos Fer (el marido cornudo) y Ceci, la esposa reiventada.

Advierto, he recibido algún comentario y correo en el que me indican que este testimonio no es creíble. La verdad es que lo argumentan de manera correcta y entiendo a los críticos. Obviamente no puedo verificar todas las experiencias que me llegan, mea culpa, y siempre que veo alguna fantasía mental que no real, lo advierto pero respeto todas las opiniones.

En este caso, me fío de Fer. Es posible que exagere un poco y añada literatura o metáforas que pueden inducir a la sospecha pero creo que su narración es buena y de interés para  muchos lectores y lectoras.

Una cosa más. A muchos cornudos como Fer, les pone que el amigo corneador sea un tipo resolutivo, primario y dominante. Nada que decir. Pero quiero dejar claro que entre el blanco y el negro, en toda una variedad de tipos de corneador, hay una amplia escala de grises en la que cada pareja puede encontrar su ideal o el que mejor se acomode a sus gustos.

Disfrutar del relato y gracias a Fer y Ceci por confiar en este humilde blog.




Segundo Encuentro.
Comencé a masturbarme mientras veía maravillado a mi esposa: arrodillada, sumisa, totalmente entregada y a merced de ese tipo


A los pocos días Ceci me dijo que quería volver al club para reencontrarse con su amante. Había sido el mejor sexo de su vida, dijo, y quería repetirlo. Me sorprendió porque no había hablado una palabra del tema luego de aquella noche, por más que yo me moría por saber qué había sentido y sobre todo si fantaseaba con lo sucedido. Pero como su plan me calentaba mucho, la ayudé a prepararse.

Resolvimos que tenía que estar lo más sexy posible. Fue a peinarse, depilarse y pintarse las uñas al salón de belleza mientras yo preparaba la ropa: pantalones de cuero negro, sandalias taco stiletto, una tanga minúscula con un anillo atrás, un corpiño traslúcido que apenas podía contener sus pechos y un top bastante apretado. Cuando el viernes por la noche salimos para el club, luego de dejar a los niños con mi suegra, realmente estaba espléndida; de algún modo tortuoso me excitaba aún más que jamás se hubiera producido así para mí.

Al poco tiempo de llegar apareció el tipo. Quise ir a hablarle, pero Ceci me detuvo. Me dejó solo, sentado en la barra; atravesó la pista de baile con una sensualidad pasmosa (yo no reconocía a mi esposa) y se fue a conversar con él. Me moría de intriga pero todo parecía ir bien, porque al poco tiempo se reían y el tipo incluso la besaba en la boca. Ceci vino a decirme que nos íbamos los tres para casa. Por un lado me sorprendía que ni me preguntase si estaba de acuerdo; por el otro, para qué negarlo, me excitaba muchísimo. El tipo, me dijo, se llamaba Juan. Salimos y tomamos un taxi. Juan la llevaba de la mano. Ceci estaba algo inquieta pero también expectante, y él se daba cuenta y le hacía bromas, le acariciaba los hombros y la besaba como si yo no estuviera con ellos. A mí ni me dirigía la palabra.

Llegamos. Un poco nerviosa todavía, porque nunca había llevado a nadie así a casa, Ceci le ofreció un trago. Juan ni contestó. La tomó de la cabeza y la besó. Ella respondió de inmediato. Fui a buscar unos tragos y cuando volví seguían besándose: Juan le manoseaba la cola mientras ella jadeaba retorciéndose como una gata en celo. Era como si yo no estuviera. La arrinconó contra la pared, le sacó el top y bruscamente le arrancó del golpe el corpiño. Loca de excitación, Ceci lo miraba fascinada. Él le lamió un poco los pezones, que estaban erectos como una roca y luego, como en el club, la arrodilló delante suyo: le pasó la gruesa pija por toda la cara y luego se la hizo comer. Ceci mamaba desesperada, gimiendo de vez en cuando, con lo cual a él se le paraba cada vez más. Le lamía las bolas y luego volvía a comerlo: con las dos manos lo agarraba de la cola, atrayéndolo hacia ella, como si quisiera tragarse hasta el último milímetro de esa pija tan gruesa.



Yo no aguantaba más. Comencé a masturbarme mientras veía maravillado a mi esposa: arrodillada, sumisa, totalmente entregada y a merced de ese tipo. Juan la paró, la agarró del cuello y le dijo: “Te voy a culear”. A mí jamás me había dejado probar por atrás. “Haceme lo que quieras, amor”, contestó. Juan le sacó el pantalón y la tanga y la colocó en cuatro patas sobre nuestro sofá. Por primera vez ella me miró mientras yo me masturbaba frenéticamente y él se desvestía. Ceci bajó la cabeza y levantó la cola, entregándose. Juan la toqueteó un poco mientras ella se mojaba y gemía y levantaba más el culo. Era una perra en celo. Pensé que Juan iba a lubricarla más, pero no: comenzó a penetrar el ano de a poco, mientras ella jadeaba cada vez más fuerte, como si le costara respirar. “Me duele, Fer…”, escuché que decía; pero el tipo no se detenía y la agarraba fuerte de las nalgas. “Me duel…”, repitió, y Juan le pegó en la cola. "Callate". Imperturbable, forzaba su pija cada vez más adentro mientras ella gemía suavemente, toda sudada, con la cola roja donde le había pegado. Se resistía todavía un poco, pero Juan no cejaba.

De repente la tomó del cuello, y mientras le pegaba de nuevo en la cola, bastante más fuerte esta vez, se la metió de golpe hasta el fondo. Ceci gritó de dolor y a la vez de placer. Juan la atacaba cada vez más fuerte. “¿De quién sos, puta?”, preguntó, y le pegó de nuevo. “¡Tuya, tuya!”, gritaba ella. Ya no se resistía y me miraba de reojo mientras trataba de sincronizarse con la arremetida para que no le doliera tanto. Yo no podía resistir esa visión del semental montándose a mi esposa como a una perra, haciéndola aullar de placer, y pronto acabé. Juan me miró: “Ahora le lleno el culo de leche”. Aceleró los embates y Ceci pasó de los gemidos a los gritos desesperados mientras él le seguía pegando en las nalgas y chocaba cada vez más rápido contra su culo enrojecido: “¡Sí, sí, más!”, gritó en éxtasis, mientras le tiraba su pelo hacia atrás como una yegua y ella llegaba al orgasmo al sentir el chorro caliente de leche explotando en su recto. Juan se desplomó sobre mi mujer. Ceci lo acariciaba, lo besaba y hasta creo que lloraba. Le susurraba al oído: “Nunca me habían cogido así, mi amor...”. Él la miró. Se levantó sin contestarle y comenzó a vestirse mientras ella todavía jadeaba, tirada en el sofá. Luego la besó, lamiéndole apenas los labios, y dijo en voz alta: “Me llamás la semana que viene, putita”. Y al salir me tiró la tanga de Ceci en la cara.



Tercer Encuentro. 
Juan me decía “probá, cornudo: eso es verdadera leche de macho” mientras mi esposa me besaba después de ser lefada y yo me tragaba voluntariamente todo

Habíamos abierto la caja de Pandora. Ceci sólo pensaba en su amante y seguíamos teniendo sexo ocasionalmente, pero lo que realmente nos disparaba ahora era hablar de Juan, pensar en Juan, fantasear con Juan. A la vez tuve que reconocer que la cosa tenía su ventaja: Ceci se sentía evidentemente más deseada y atractiva, se arreglaba más y emanaba una seguridad que jamás le había visto. Eso la volvía mucho más sexy. Luego de masturbarme contándome cómo fantaseaba con Juan, me dijo una noche que quería que saliéramos a comer con él. Me puse incómodo, por un lado, porque esperaba que la cosa fuera sólo sexual, y por el otro porque el tipo ni me dirigía la palabra cuando nos encontrábamos.

Pero el vértigo nos hechizaba y nos preparamos. El encuentro sería el jueves por la noche. Ella se esmeró para entregarse a su nuevo macho: una camisa blanca apretada, que insinuaba a todas luces sus pechos, una apretada pollera tubo gris, sandalias rojas de taco alto y debajo, me dijo, nada. La mezcla de timidez y sensualidad era irresistible. Pero los dos sabíamos que no era por mí.

Llegó el jueves. Luego de observar en casa durante una hora agónica pero deliciosa cómo Ceci se vestía, peinaba y maquillaba para Juan, a las diez de la noche llegamos al bar. En la penumbra Juan nos esperaba en una mesa. La recibió a ella con un beso corto en la boca, y sentó a Ceci entre ambos. Pedimos unos tragos, hablando del clima y de cualquier trivialidad, tratando de disipar el resabio de incomodidad que provocaba aquella situación extraña. Juan la hacía hablar y apenas me miraba; de vez en cuando le daba sorbos del trago, la besaba en la boca y le decía lo linda que estaba. Como siempre yo languidecía sin saber qué hacer, entre humillado y excitado. En un momento Juan alabó la camisa de Ceci y con un dedo le rozó deliberadamente un pecho. Ceci estaba un poco nerviosa todavía. A los pocos minutos él bajó la mano debajo de la mesa y comenzó a acariciarle un muslo. Ceci dio un saltito y lo miró con cara picaresca pero, naturalmente, no hizo nada para detenerlo. Sólo entonces Juan comenzó a hablarme a mí, mientras acariciaba el muslo de mi esposa, que comenzaba a agitarse. Con una sonrisa medio irritante, medio condescendiente, me hablaba de fútbol o de política mientras manoseaba a mi mujer. Yo no entendía lo que me decía. Sin parar de hablar, con toda la tranquilidad del mundo, poco a poco subió la mano por el tajo de la pollera hasta el clítoris y empezó a masajearla. Con los ojos casi cerrados, Ceci se mordía los labios, jadeaba y apenas podía contener los gemidos: “Ay, Dios, no aguanto, Fer, no puedo más…”, murmuró; hasta que se dejó llevar por ese toque experto, tiró la cabeza hacia atrás y explotó en un gemido ronco mientras el tipo la tocaba descaradamente y yo me volvía loco. La gente de la mesa de al lado se dio vuelta para ver qué pasaba. Mientras yo sonreía para tranquilizarlos, totalmente turbado, Juan sacó la mano y le dio a probar a Ceci su dedo mojado. Ella lo lamió y hasta creo que lo saboreó. El tipo había transformado a mi mujer en una terrible puta.


Ceci se levantó y nos agarró a los dos de la mano. Por el camino me soltó, pero nos condujo al fondo y nos metimos los tres en el baño. Trancó la puerta y, sin decir una palabra, con una sonrisa adorable, nos bajó los pantalones y se arrodilló. Yo ya estaba totalmente erecto, así que se concentró en Juan. Su pija en reposo era más grande que la mía. Ella comenzó a comérsela entera, acariciándole los huevos con la mano mientras él le agarraba la cabeza impulsándola adentro y afuera, hasta que su verga se levantó y alcanzó todo su esplendor. Mi pene hacía un triste papel al lado de esa cosa tiesa, dura, imponente. Ceci seguía devorando a su amante y de vez en cuando me daba unas lamidas rápidas. Juan me miraba sonriendo y me daba vueltas la cabeza. Con los dos ya bien erectos, Ceci comenzó a alternar un poco y nos la mamaba un rato a cada uno. Estaba radiante, liberada, totalmente desinhibida, tragándose dos vergas como si fuera la cosa más natural del mundo. “Qué bien que se la come tu mujer, eh”, dijo Juan: “Dale, putita, ¡comé, comé!”. Ceci obedecía acelerando la mamada y masturbándonos con una mano a cada uno. La combinación del placer oral con la sensación exquisita de ver a mi esposa lamiendo la pija del semental me aflojaba las piernas. Ceci empezó a gemir, evidentemente gozando tanto como nosotros, y no pude contenerme más y acabé en su espalda y en su cuello, y Ceci se concentró con todo gusto en la cabeza palpitante del pene de Juan. El tipo la agarraba del pelo y se la metía hasta la garganta, mientras yo a duras penas me apoyaba en la pared, y de repente gritó “comela toda, perra”, sacó el pene y le acabó en la cara a mi mujer, que abría la boca tratando de no dejar caer ni una gota de ese chorrazo de leche. Luego ella lo limpió con todo cuidado, saboreandolo, lamiendo su verga enorme hasta la última gota, se paró, me miró y me besó pasándome toda la leche de Juan. Yo no lo podía creer. Ceci me lamía la oreja, Juan me decía “probá, cornudo: eso es verdadera leche de macho” y yo me tragaba voluntariamente todo. Cuando abrí los ojos Juan se arreglaba el pantalón, la besaba de nuevo y nos dijo que la semana que viene quería vernos otra vez.

Mientras lo miramos alejarse por el pasillo, creo que yo estaba más excitado que ella.

CONTINUARÁ...


5 comentarios:

  1. Muy acertado tu comentario Alberto, cada pareja sabe en que punto de la escala de grises se encuentra; nosotros por ejemplo (mi esposa y yo) tenemos un encuentro cada 1-2 meses, y nos iniciamos por el simple deseo de experimentar cosas nuevas, y en ese experimentar nos dimos cuenta que ella nunca había tenido sexo con esa intensidad y también me di cuenta que aunque llevamos ya tantos años casados yo nunca iba a poder darle esa fuerza, duración, tamaño en cada penetración. Y verla gozar de esa forma por lo menos yo la paso muy bien, mis erecciones han mejorado y después de que me la dejan bien satisfecha le continuamos ella y yo. Y dentro de esa gama de grises yo solo practico el voyeurismo, ella se entrega completita a su amante, le gusta ser tratada como puta y a mi me gusta ver que la traten así; yo escojo a sus amantes, ella les da el visto bueno, repetimos si ella queda conforme, siempre son desconocidos de cierto perfil que ella elige y todos felices. El término "cornudo" creo que no se aplica en nuestro caso, o al menos así lo creo para pasarla bien; pero he visto que un cornudo es humillado(aunque el esté de acuerdo), termina probando el semen del corneador, lo ayuda con las penetraciones, etc. En mi caso sin llegar a realizar un trio activo sobre la cama, participo activamente después que el corneador se retira. En fin, era un comentario para concordar con tu idea de la escala de grises. Desde Mexicali,B.C. un saludo para todos.

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    1. Gracias, amigo. Subrayo de tu comentario el hecho de que seas tú el que elige los amantes para tu esposa. Es muy común, de manera directa o indirecta, que el cornudo consentidor elija o escoja aunque lo habitual es seleccione una terna de machos corneadores y que sea la esposa quien elija al socio ideal.
      En cualquier caso, y como siempre digo, no hay blancos y negros en este tipo de juegos.
      Un cordial saludo para todos los amigos de Mexicali B.C. y gracias por tu aportación.
      Alberto Toro

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  2. Queremos Inter yo 28 el 30 nos urge

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  3. Hola Alberto,
    Me he leído tu blog desde la entrada uno hasta esta última,
    He decir que me considero corneador, a fecha de hoy tengo una pareja estable a la cual proporciono todo el sexo que mi tiempo y trabajo me permite.

    Es verdad que hay un placer especial en follarse a la mujer de un cornudo y cada pareja es un mundo.

    Dicho todo esto me encanta tu blog y como corneador también he de decir que aprendo cosas que la mujeres desean y no son capaces de pedirnos así como lo que desean esos cornudos consentidos en cada encuentro.

    Es un placer pasarme por tu blog y leer la experiencia de esas parejas cornudas.

    Saludos

    Tato

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  4. Ha pasado demasiado tiempo desde que me jodieron las tetas. Extraño tener una gran polla dura entre mi escote. Masaje un poco de loción en mis DD y también una loción en su polla. Él desliza su polla entre mis mamuts mamut y se folla mis grandes tetas. Le digo que también los apriete con las manos. No hay que ser tímido! Agarro la carne de su hombre y golpeo la cabeza de su polla en mis pezones. Se folla mis tetas hasta que está listo para rociar su carga sobre mis senos y pezones, asegurándose de cubrir mis tetas!

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