Fer y Ceci (III, el desparrame): “Mi esposa movía su cadera haciendo eses para recibir mejor la pija de Juan"

Publico a continuación la tercera y creo que última entrega de la experiencia vital y cornuda de Fer y Ceci. Sin duda, podemos hablar de una evolución en sus costumbres sexuales. Bien, nada que añadir. Disfrutar del relato y espero que os sea de utilidad.
De nuevo, gracias a Ceci y Fer por confiar en este humilde blog.




Tercer Encuentro: el desparrame.

Ceci estaba realmente transformada. Coqueta, arreglada, segura de sí misma, mil veces más sensual que antes, de vez en cuando consentía en tener relaciones conmigo por la noche aunque dejaba claro que ahora yo podía ser el marido, pero ella era la hembra de Juan (su primer corenador). Y yo aceptaba gustoso mi nuevo rol.

Gran parte de la excitación consistía en prepararla. Una vez que los niños se fueron a la escuela, sabiendo que el viernes por la noche irían a dormir a la casa de los primos, comenzamos los preparativos: Ceci se fue al salón de belleza y yo preparé las medias negras con portaligas, una tanga minúscula con un anillo atrás que decía “sexy”, los stilettos negros, el lazo de seda negra para el cuello, los aros nuevos que le había regalado para su cumpleaños y un vestido blanco y plateado realmente inapropiado para la vida cotidiana por lo corto y también porque, al anudarse en el cuello, dejaba casi completamente libres sus grandes pechos.

La tarde del viernes me fascinaba la ansiedad de la expectativa, mirando cómo mi esposa se perfumaba para otro hombre y ya no me dejaba tocarla más, porque quería estar perfecta para Juan. Estaba realmente hermosa. Los pechos se le escapaban por todos lados. Como de costumbre estaba inquieta pero a la vez expectante, y me hechizaba esa mezcla única de timidez y decisión.

A la hora señalada sonó el timbre. Ceci fue a servir unos tragos mientras yo lo recibía. Pero yo no esperaba la sorpresa que me esperaba al abrir la puerta: Juan había venido con otro hombre. “Es Sergio”, dijo, y me dio una palmadita en la mejilla al entrar. Mientras cerraba la puerta con llave pasaron directamente al living.

De mediana edad, algo canoso y con un físico bien cuidado, era evidente que Sergio iba a gustarle a mi esposa. Juan lo presentó rápidamente y le dio un beso en la boca a Ceci. Ella también parecía sorprendida y, aunque era pura cordialidad y simpatía, me miraba de vez en cuando de reojo, buscando reafirmación o tal vez seguridad. Deliberadamente yo no hacía ni un solo gesto, disfrutando la ambigüedad del momento y cómo se iba poniendo nerviosa. De todos modos no tuvimos mucho que pensar. Mientras Juan la atraía para besarla, esta vez profundamente, Sergio se me acercó por atrás, me arrodilló y, antes de que pudiera darme cuenta de lo que pasaba, me tomó las manos y las ató por detrás de mi espalda. Me susurró: “Así disfrutás del espectáculo”.

Sergio se acercó a Juan y Ceci, que por un lado parecía un cervatillo asustado y por el otro una puta, con los pechos desbordando por los costados de ese vestido, y comenzaron a apretarla entre los dos. Ceci sonrió y susurró: “No sabía que ibas a traer…” y Juan la cortó abofeteándola. “Te vamos a enfiestar, putita”. Sorprendida, Ceci se calló mientras Juan la daba vuelta para que besar a su amigo. Supongo que no esperaba lo que estaba pasando pero evidentemente la excitaba, porque mientras la acariciaban y la manoseaban comenzó a contonearse y a dejarse llevar. Sergio la besaba y le metió una mano debajo, en la entrepierna, mientras Juan le apoyaba su enorme bulto en la cola y le tomaba los pechos por atrás, acariciándolos y pellizcándolos alternativamente. Ceci gemía y no me miraba más. “Mirá cómo te mojaste, putita”, dijo Sergio, mientras sacaba su pija (no tan gruesa como la de su amigo pero totalmente erecta) y Juan desanudaba el vestido de los hombros de Ceci, exponiendo los pechos con los pezones bien rígidos, luego le mordía la parte de atrás del pecho y la arrodillaba para que se comiera la pija de Sergio. Ceci comenzó a mamar bien despacio, como ella sabe, primero lentamente, alrededor del pene, luego los huevos y luego pasando la punta de la lengua por el tronco para volver a la periferia, para que su amante tenga el máximo placer, y sólo luego fue subiendo lentamente hasta tragarse toda la cabeza. Sergio resoplaba mientras ella aceleraba la mamada y Juan le bajaba la tanga, sacaba su pija y se la ensartaba de golpe, sin lubricar. Ceci se arqueó al recibir ese garrote por atrás sin aviso, lo miró alucinada y luego volvió a mamar la pija de Sergio.



Mientras tanto, de rodillas, impotente, me daba vueltas la cabeza y me dolía el pene atrapado dentro del jean, sin poder liberar la tremenda erección que me provocaba ver a Juan y mi mujer moviéndose rítmicamente al unísono, en una sintonía sensual perfecta, mientras ella devoraba a su nuevo amigo. Fascinado, miraba cómo Sergio la agarraba del pelo y le metía la pija en la boca hasta la garganta, y de vez en cuando me miraba sonriendo mientras gozaba.

Luego Juan se sentó en el sofá, con su enorme pija completamente erguida, reluciente con los jugos de mi mujer, y dijo “ahora vas a cabalgar, linda”. Obediente, ella se sacó el vestido y se sentó encima suyo, tirando la cabeza para atrás y dejando escapar un gemido de dolor al empalarse en aquella tremenda erección. Sergio se fue a tomar un trago mientras, besando y lamiendo la cara de Juan, Ceci comenzaba a mover su cadera haciendo “eses” para recibir mejor su pija. “Te siento tan adentro…”, murmuraba, mientras lo besaba y lo miraba a los ojos y movía el culo cada vez a mayor velocidad. Yo me volvía loco. Sergio volvió, se pasó un poco de saliva por el pene y de golpe comenzó a insertársela en el culo. “Ay, me duele…”, dijo ella, y me miró por un instante, pero Juan la tomaba de las caderas para que se siguiera moviendo y Sergio seguía pujando, tirándole del pelo hacia atrás, mientras ella jadeaba de placer y de dolor, hasta que a los pocos segundos se sincronizaron y comenzaron a moverse al mismo ritmo los tres, gimiendo, jadeando, sudando, con Ceci aullando de placer: “¡No puedo más, acabo, acabo!”, gritaba, envuelta en éxtasis mientras se movía elásticamente en el frenesí de la cabalgata y sintiendo esas dos pijas que la rasgaban por dentro. Cuando sintió que Juan acababa dentro suyo, gritó: “¡sí, papito, sí, así!” y movía el culo para exprimir hasta la última gota de su macho mientras Sergio la culeaba sin piedad. Para mí sorpresa, no se detenían: yo sabía que Juan era de hierro, pero pensé que Ceci debía estar sensible y no aguantaría semejante empalada. Pero no paraba de moverse, sin duda deseando sentir la descarga de Sergio en su culo.

Comenzaron a acelerar de nuevo: “¡Movete, puta, mové ese culo!”, gritaba Juan, mientras ella se esmeraba por complacerlo y Sergio le empezaba a pegar en la cola: “¡sí, sí!, aullaba, descontrolada, gritando como una perra mientras Sergio bombeaba cada vez más bruscamente y le pegaba más, y Juan la tenía sujetada del cuello y también le pegaba en los pechos. Yo me volvía loco mirando a mi mujer hecha una puta, gritando, aullando, arqueándose y retorciéndose en éxtasis con dos pijas adentro, mientras esos animales la cogían y le dejaban los pechos y la cola enrojecidas de los cachetazos. Pero a ella evidentemente le gustaba, porque comenzó a moverse y gemir cada vez más fuerte, cerrando los ojos, sin poder contener una nueva explosión para desplomarse encima del pecho de Juan. Sergio sacó la pija, se acercó y sin decir una palabra me la forzó en la boca: “Probá el culo de tu mujer, cornudo”, me dijo, y me pasaba la pija por la cara mientras Ceci y Juan miraban con lascivia cómo me humillaban y cómo yo, lejos de resistirme, comencé a mamarle la pija a Sergio gozando, entregado sin que me importara nada, mientras me mojaba solo dentro de mi pantalón y saboreaba y lamía lo mejor que podía ese garrote duro, venoso, palpitante, que entraba y salía de mi boca. Oí a Juan diciendo: “Mirá cómo le acaba en la boca al cornudo” y Sergio gritó sordamente descargándome un chorro caliente en la garganta que parecía que no iba a terminar nunca, y yo mamaba y mamaba y me tragaba todo.

Todavía arrodillado, abombado, casi dormido, sin tener fuerzas para intentar levantarme, sentí vagamente que alguien me desataba las manos. Cuando pude abrir los ojos, Ceci recogía su ropa y ellos se habían ido.

2 comentarios:

  1. This fantastic post just gave me an orgasm! Thanks!

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  2. I love your story, we are a mature couple and we are looking for new adventures

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